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�l era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle, una cabeza pequeña, pelo bermejo. Los ojos avecinados en el cogote,
que parecÃa que miraba por los cuévanos.
Las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que de pura hambre parecÃa que amenazaba a comérselas;
los dÃentes, le faltaban no sé cuántos, y pienso que por holgazanes y vagabundos se los habÃan desterrado.
Los brazos secos; las manos como manojo de sarmientos cada una. Mirando de medio abajo parecÃa tenedor o compás.
TraÃa un bonete los dÃas de sol ratonado con mil gateras y guarniciones de grasa; era de cosa que fue paño, con los fondos en caspa.
La sotana, según decÃan algunos, era milagrosa, porque no se sabÃa de qué color era.
La cama tenÃa en el suelo, y dormÃa siempre de un lado por no gastar las sabanas.
Al fin, él era archipobre y promiserÃa. FuÃmos allá; comián los amos primero y servÃamos los criados. Sentóse el licenciado
Cabra y echo la bendición. Comierón una comida eterna, sin principio ni fin.Trujeron caldo en unas escudillas de madera,
tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso más que la fuente.
DecÃa Cabra a cada sorbo:- Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.
VenÃa un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro viéndole:-
¿Nabo hay? No hay perdiz para mi que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.
RepartÃo a cada uno tan poco carnero que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedo entre los dientes,
pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas participantes. Cabra los miraba y decÃa:
- Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas. Llego la hora de cenar (pasóse la merienda en blanco);
cenamos mucho menos y no carnero, sino un poco de nombre del maesro: cabra asada.
- Es muy saludable y provechoso -decÃa- cenar poco, para tener el estómago desocupado. Cenaron,
y cenamos todos, y no ceno ninguno.
La Vida del Buscón
Francisco de Quevedo